“Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo aquello que, tras su perdida, no pudo destruirnos, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría”. Que manera de iniciar una novela, Alegría, del español Manuel Vilas. Como Neruda o García Lorca, Vilas se dedicó a ser un poeta de la cultura popular. Su fracaso, le dijo una vez a un salón lleno de estudiantes, es no haber subido de clase social a pesar de ser uno de los poetas más reconocidos de España.

Además de contar la vida diaria de un padre divorciado, poniendo el foco en la relación con sus hijos, Vilas habla de sombras como la depresión y la angustia, intentando nombrar aquel sinsentido en el que se convierte la vida cuando el vacío nos devora. Pero no rechaza el vacío, sino que busca empatizar con él para aprender a vivir de una manera más visceral.

En una conferencia reciente, Vilas enalteció la capacidad de ciertas personas que “ven más que la mayoría de la gente”. Se refería a quienes perciben todos los días el vacío que hay en el mundo, los obligados a cuestionar la existencia, a creer en lo profundo y verdadero únicamente, en lo que se asoma por los agujeros de ese trasfondo oscuro anunciando la belleza y la gloria de estar vivos.

Puesto a escoger entre la felicidad y la alegría, este ser, mitad sombra, mitad luz fulminante, dice: “No hace falta triunfar para ser alegre, la alegría es algo íntimo, algo primitivo que tiene que ver con la luz del sol, el viento, la belleza de la vida; la felicidad en cambio es algo para exhibir, incluso un imperativo: ‘tienes que ser feliz porque te ha ido muy bien’. Entre los dos estados, me quedo con la alegría”.

¡Pásate de lo bueno a lo Supremo